La semana pasada viajé a Jujuy con amigas (Ale, Jose y Clau).
Una de ellas tiene un emprendimiento, Josefina Estrella, cuyos productos artesanales viajan directamente desde las manos, la identidad y las memorias de quienes los crean, conectando culturas. A partir de ese proyecto, se contactó con la Red Puna para conocer sus productos. Mi emoción fue total cuando supe que iba a reunirse con Liliana Martínez, con quien trabajé hace más de dos décadas.
Entonces, dentro del recorrido que armamos, estaba visitar Tilcara. No era un destino más: era volver a un punto de origen.
En 2004 llegué por primera vez, liderando junto a Jimena Barry un proyecto de microemprendimientos con perspectiva de género de la RedWIM. En ese momento trabajamos con emprendedoras de América Latina en un programa que incorporaba algo que entonces no era tan frecuente: la gestión con enfoque de género.
Hubo capacitaciones, metodologías, etapas. Pero, sobre todo, hubo encuentros.
Veintidós años después, volví.
Antes de llegar a la reunión, escuché alguien que me llamaba. Me di vuelta: era Fernanda Mondzak, quien también había trabajado con nosotras en ese proyecto.
Primer encuentro. Primera emoción.
La Red Puna y Quebrada —creada en 1995 y conformada por organizaciones campesinas indígenas— sigue ahí. En Tilcara, su local de artesanías no es solo un espacio de venta: es un nodo. Un punto de encuentro. Un lugar donde las trayectorias se cruzan, se sostienen y se resignifican. Ahí me reencontré con Liliana, parte de la red desde sus inicios.
Me di cuenta de que en cada destino —Purmamarca, Maimará, Tilcara, San Francisco de Alfarcito, Huacalera— aparecían vínculos, historias, personas. Sentí que la red vivía. Se hizo evidente que las redes no son sólo acciones: son estructuras vivas. Son hilos que se entrelazan —como urdimbre y trama— creando nuevos diseños, nuevas conexiones, nuevos puntos.
Desde la teoría, una red o networking es un sistema de interconexiones entre personas o grupos que intercambian información, apoyo y recursos. No todas las personas que la integran se conocen entre sí, pero están vinculadas por relaciones que persisten en el tiempo.
El networking es una práctica que, cuando está bien hecha, deja de depender de una misma. Se vuelve colectiva, pues se apoya en elementos profundos como la confianza, la memoria compartida y el contexto.
En las redes de mujeres, entra en juego otro concepto central: la sororidad.
La sororidad no es solo afinidad entre mujeres. Es una práctica política de apoyo mutuo. Una alianza consciente para enfrentar desigualdades estructurales.
En experiencias como la de la Red Puna o nuestra RedWIM esa sororidad se vuelve concreta: organización, producción colectiva, redes que sostienen la vida.
También la sentí en San Francisco de Alfarcito, al reencontrarme con Anahí Alejo. Después de cinco años, volvió a abrirme las puertas de su taller junto a su madre Ernestina, su hermana Natalia y su hija Ruth. Tres generaciones de mujeres tejedoras compartiendo saberes, historias y una forma de sostener la vida desde lo colectivo.
Si miro hacia atrás, entiendo que lo que en ese momento era “un proyecto” fue, en realidad, el inicio de un proceso de construcción de capital social.
Yo empecé a armar redes desde muy chica, sin llamarlo ‘networking’ porque no conocía esa palabra. Me interesaban las personas, sus historias, sus culturas, sus diferencias. Me sigue maravillando —hasta hoy— la diversidad de formas de vida posibles en un mismo país o en el mundo.
Mi esencia es social y siempre hubo algo intuitivo en escuchar, conectar, abrir puertas entre personas.
En ese entonces no sabía que eso tenía un nombre.
Y con el tiempo lo vi: esas conversaciones volvían.
Meses después.
Años después.
En formas que no podía anticipar.
Los vínculos sostenidos en el tiempo no son encuentros aislados. Son procesos que construyen identidad colectiva y habilitan transformaciones.
Hay algo que tengo claro: dar es lo esencial de una red.
El networking no busca una utilidad inmediata.
Es construcción. Es confianza. Es respeto. Y requiere tiempo. Y te vuelve con creces.
Las redes no se construyen en una semana. Se construyen en meses, en años, en décadas. Cuando los vínculos son sólidos, no importan los años ni la distancia.
Siguen ahí.
Esperando el momento del abrazo, del reencuentro.
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Solange Grandjean es Presidenta del Equipo Directivo de redWIM.
Diplomada en Estudios Interdisciplinarios de Género, UCES. Licenciada en Publicidad y Analista en Medios de Comunicación Social, Universidad del Salvador.
Becaria de del programa ‘Women in Management’, de la Universidad de Luleå, Suecia.
Becaria del “Programa de Liderazgo para el Desarrollo Sostenible en el Mercosur”, CEADEL, ABDL y Fundación Kellogg.
Asesora del Comité de Género, Diversidad e inclusión de Women In Mining Argentina.
Experta en comunicación, networking y redes. Consultora y expositora en seminarios nacionales e internacionales.
Co-autora de la publicación “Programas e iniciativas de diversidad de género en las organizaciones: experiencias en Argentina, Chile y Colombia”. Cuadernos de Administración, 35. 2022.
Autora, junto al Equipo Directivo de RedWIM, del proyecto ganador “Evaluación de buenas prácticas de equidad de género en PyMES”, EvalGender+, 2021
Co-autora de “Las mujeres en las organizaciones de América Latina y el Caribe”. Aportes teóricos y Experiencias concretas”. Colombia, 2007.
