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Myanmar sueña con una nueva era

El histórico triunfo de la premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi en los comicios del domingo último despertó optimismo y grandes expectativas entre los birmanos, ansiosos por comenzar a transitar un legítimo proceso democrático. Cuando saludó a sus seguidores en Yangón el lunes pasado, la de Aung San Suu Kyi parecía la victoria de la determinación, de la templanza y, sobre todo, de la paciencia.Había ganado un escaño en el Parlamento, pero era como si hubiera obtenido para todos los suyos la entrada al cielo.

Para algunos, la paciencia es virtud de santos. Para otros, es una actitud característica del budismo. Aung San Suu Kyi es una budista que, a los ojos de millones de birmanos, ha alcanzado en vida el estado de santidad. Su paciencia ha durado 22 años (hoy tiene 66). Pero ahora cree que llegó el momento de apresurar las cosas.

Las elecciones del domingo pasado tenían su nombre como marca política. Era un proceso parcial, destinado a escoger reemplazos para 45 legisladores que dejaron sus puestos para integrarse en el gobierno del presidente Thein Sein. Su valor radica en que es la jugada con la que el nuevo régimen presuntamente democrático (instalado en marzo de 2011 por la dictadura militar que regía el país desde 1962) pretende demostrar al mundo la seriedad de su voluntad de reformarse, conceder libertades políticas al pueblo? y abrir la puerta a los negocios con occidentales y orientales por igual.

Simbólicamente, la certificación definitiva sólo podía ser otorgada por la Dama, como es conocida esta premio Nobel de la Paz 1991, alma de la lucha democratizadora, quien entre 1990 y noviembre de 2010 pasó varios largos períodos bajo arresto domiciliario, hasta sumar un total de 17 años.

Siempre tuvo una puerta de salida: el exilio. Pero no quiso considerarla. Entre los muchos misterios en su vida, uno de los más llamativos es su carácter: paciencia y dulzura que se combinan con una fuerte determinación. También ha mostrado una enorme, casi inhumana capacidad de resistencia.

Nunca aprendí a odiar

Tal vez la clave está en su sólido entrenamiento budista, que le ha dado aptitudes especiales para soportar una vida de encierro y soledad. Todos los días hacía meditación, una práctica que le permitía mantenerse apegada estrictamente a los principios budistas contrarios al odio, el temor y el ego. «¿Por qué debería tener miedo?», cuestionó Suu Kyi en una entrevista. «No creo que un budista hubiera hecho esta pregunta. Los budistas entenderían que el aislamiento no es algo a lo cual temer. Tú en verdad no puedes tener miedo de gente a la que no odias. El odio y el miedo son cosas que van de la mano.»

Otro misterio es por qué los brutales generales de la dictadura, veloces para asesinar, torturar e incluso esclavizar a su gente, fueron relativamente «respetuosos» con la pequeña y delgada Suu Kyi. Una razón inicial es que se trata de la hija de Aung San, el venerado héroe de la independencia nacional. Pero después se les convirtió en un enorme peligro político y permaneció con vida. Ahora, algunos de ellos deben celebrar que esté aquí, y que haya tenido disposición a participar de la transición política: ella tiene la llave de la legitimidad de todo el proceso.

El héroe Aung San fue asesinado en 1947 el autor intelectual fue ejecutado, cuando su hija Suu Kyi tenía dos años de edad y pocos meses antes de que se materializara la independencia. La Dama se educó posteriormente en Gran Bretaña: entró a estudiar filosofía en la Universidad de Oxford en 1964, donde se convirtió en profesora, y en 1972 se casó allá con Michael Aris, con quien tuvo dos hijos. En una de sus visitas a Myanmar, para ver a su madre enferma, en 1988, el país estaba convulsionado por la represión brutal de protestas populares contra la dictadura: mataron a cientos de estudiantes y monjes budistas.

«Como hija de mi padre, no podría permanecer indiferente ante lo que está pasando», dijo entonces una Suu Kyi de 43 años y, al ponerse al frente del movimiento, tomó una decisión que cambió su vida y la de su familia, y que le dio esperanza a un pueblo. Inspirada en Gandhi y Mandela, lanzó lo que llamó la «segunda lucha por la independencia».

En aquel momento, para calmar las cosas, los militares ofrecieron elecciones para integrar un Parlamento que redactara una nueva Constitución. Prohibieron, sin embargo, la realización de mitines y la difusión de propaganda. La líder desafió las limitaciones e hizo campaña por el país al frente de su Liga Nacional por la Democracia (LND), a menudo bajo la presión de guardias armados. En una ocasión, se encontraron con soldados que les apuntaban y parecían dispuestos a disparar. Tras pedir que sus compañeros se alejaran, La Dama caminó hacia el oficial al mando, mirándolo fijamente. El retiró sus tropas. «Parecía más sencillo ofrecerle un solo blanco que ponerle a todos enfrente», explicaría más tarde Suu Kyi.

Los generales decidieron someterla a arresto domiciliario y encarcelar a dirigentes de la Liga. Pese a ello, la LND ganó las elecciones de mayo de 1990 con el 82% de los votos y 392 diputados (frente a sólo diez del oficialismo)? que nunca llegaron a sesionar. En lugar de abrirles las puertas del Congreso, el régimen los metió en prisión y muchos de ellos escaparon al exilio.

Ese primer encierro de Suu Kyi duró hasta julio de 1995. En una entrevista con Asia TV tras su liberación, describió su rutina diaria en soledad: «Me levantaba a las 4.30 de la mañana. Meditaba durante una hora. Entonces escuchaba la radio: el servicio internacional de la BBC, los noticieros en birmano de Voice of America y, cuando podía, la Voz Democrática de Birmania, pero no siempre se oye bien. Después seguía bañarme y desayunar, y dividía el resto de la jornada en períodos para leer, caminar por la casa y escuchar música». Nadie podía hacer contacto con ella. Fue gracias a la radio que se enteró de que había ganado el Premio Nobel.

«Usted ha estado físicamente a merced de las autoridades, pero ¿la han capturado alguna vez, emocional o mentalmente?», le preguntó en otro momento el budista estadounidense Alan Clements. «No, y creo que es porque nunca aprendí a odiarlos», repondió La Dama. «Si lo hubiera hecho, estaría a su merced. Si odiara a mis captores, me habría derrotado a mí misma.»

«He elegido involucrarme»

En sus breves etapas de libertad, vivía con graves limitaciones: tenía prohibido salir de Yangón y reunirse con gente de la LND, y les negaron los visados a sus hijos y a su esposo, Michael, a quien le diagnosticaron cáncer de próstata en 1998. Amablemente, el régimen le ofreció a Suu Kyi un boleto para ir a verlo a Londres: ella sabía que era sólo de ida, que no le permitirían regresar, y se quedó en casa. Cuando su marido murió, los generales insistieron en que ella fuera al funeral, pero La Dama se negó. Michael no pudo haberse sentido engañado: «Antes de la boda le prometí que nunca me interpondría entre ella y su país», le había dicho a un reportero británico.

La dictadura no sabía qué hacer con una mujer tan frágil y fuerte. En julio de 1998, trató de salir de Yangón para reunirse con sus compañeros. Los soldados le impidieron pasar y ella improvisó un campamento junto a su coche, donde pasó seis días, hasta que la llevaron a rastras a su casa. Un mes después hizo un nuevo intento, después otro y en septiembre de 2000, le volvieron a imponer arresto domiciliario, uno más entre tantos.

Nunca se consideró víctima. «No me gusta utilizar la palabra sacrificio», le dijo al diario El Mundo. «La vida es una elección y yo he elegido involucrarme en el movimiento. Nadie me ha forzado. Gran parte de nuestro pueblo ha sufrido durante esta lucha y puedo decir que muchísima gente ha sufrido más que yo.»

Cuando el régimen finalmente decidió iniciar un proceso de reforma y llamó a elecciones, a celebrarse en noviembre de 2010, Daw Suu Kyi y su partido rechazaron participar en lo que fue una farsa electoral. El Congreso quedó casi totalmente ocupado por fieles al sistema. Pero en 2011, con el nuevo presidente Thein Sein, La Dama fue capaz de percibir que existía una posibilidad de cambio creíble y aceptó competir en el proceso del domingo pasado, a pesar de que se trataba de renovar menos del 10% de los escaños. Su denuedo fue tal que hizo campaña en todo el país, no sólo en su distrito, y tuvo que hacer pausas porque el esfuerzo fue excesivo.

Con el impresionante triunfo de la LND, que ganó en los 44 distritos en los que presentó candidatos, quedará lejos de controlar el Parlamento, pero con una enorme legitimidad política que la deja en excelente posición para las elecciones generales de 2015. Si el régimen mantiene sus compromisos, claro está.

«El cambio no es irreversible», advirtió en diversas ocasiones, recordando la marcha atrás del ejército en las elecciones de 1990. Ella, sin embargo, había decidido que valía la pena comprometerse: «Participamos porque el pueblo así lo quiere». Y ese 2 de abril de felicidad, de gente humilde que no creía que por fin hubiera llegado la victoria de la determinación, la templanza y la paciencia, resumió en una frase el sueño de todos: «Esperamos que éste sea el principio de una nueva era».

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