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Poder o no poder. Ésa es la cuestión

Es sabido y experimentado, que los hombres utilizan cualquier estrategia para hacerse con el poder, y además lo que más miedo les da es tropezar con la cabeza de las mujeres, con su capacidad de pensar y analizar las situaciones, de manera aguda. El cerebro femenino les atemoriza más que toparse con cualquier otra parte del cuerpo, por seductora o apetecible que sea, dado que en el terreno de la seducción o de actividades “donjuanescas” se encuentran en terreno conocido.

Habitualmente en materia de género, observamos dos estilos de liderazgo: por una parte el masculino el de “aplastar como una apisonadora” frente al de las mujeres con un tímido y poco solidario liderazgo “inclusivo”…

Celia Amorós constantemente señala que “la cultura socializa a las mujeres para el no-poder”. Si bien estos estilos de liderazgo no son exclusivos  de hombres y mujeres, es cierto que los hombres han sido socializados para competir salvajemente sin tener siempre en cuenta las reglas éticas de dicha competencia. En términos generales, las mujeres  podemos ser rivales pero nunca dejaremos de intentar comprendernos, ponernos en el lugar de la otra, expresarnos el afecto y respeto que sentimos la una por la otra, porque todas deseamos lo mismo: una promesa de felicidad. Como hemos visto y comprobado en el seminario, en la vida real y en los pocos estudios empíricos sobre este tema (Centro de Investigaciones Sociológicas estudio 2744 del 2008), explorar sobre los mandatos familiares constituye aquello de lo que no se habla porque corresponde al ámbito de lo privado. Pero cada una de nosotras no debemos contarnos historias porque si no nos sometemos de una manera inconsciente a los mandatos familiares que nos dicen de una manera u otra sed “niñas buenas”, en tanto que el mandato a los varones es el de “competir” hasta morir…

Nos sometemos, sin darnos cuenta, a lo que la sociedad o familia quiere que seamos. Hasta qué punto la competitividad  entre mujeres y la hostilidad destructiva sirve para mantenernos encerradas sin que haya ninguna puerta que abrir para buscar aire fresco o una mayor libertad, como sucedía a las esposas del antiguo harén. No aceptamos la poligamia pero en lugar de un esposo común obedecemos a los mandatos sociales que provienen de una voz invisible que nos ordena sobre cómo debemos comportarnos.

“No te harás con el poder, no liderarás, no serás dueña de tu vida, vive solo para los demás, debes ser siempre altruista, si piensas en ti eres una egoísta”, constituyen tan solo un mínimo ejemplo de esos mandamientos invisibles, que tiene el premio de la aceptación social y el costo de la falta de libertad para ser una misma y alcanzar el poder de la autonomía. Escuchamos pero no reflexionamos todo lo que se dice de nosotras, culposas, ni siquiera furiosas, aceptamos sufriendo en silencio los estereotipos que nos mantienen aplastadas y aisladas. Optamos por ese comportamiento, en lugar de relacionarnos y ayudarnos a evolucionar como personas, para transformar este estado de cosas y abordar con inteligencia emocional esas agresiones que no nos permiten crecer.

Acatamos, sin darnos cuenta “ser una niña buena”, en lugar de crecer y hacer ver el poder de la MUJER. Es más, la sociedad devalúa a la mujer madura, como si fuera un objeto desechable, lo que nos hace sentir aún peor, en lugar de aprovecharnos de la sabiduría interior que nos da la vida. Con la desunión y rivalidad estamos aceptando que nos lleven a desear ser aquello que no somos y a odiarnos como si se tratara de una respuesta hipnótica. La pregunta fundamental y tarea a emprender sería: ¿cómo darle la vuelta a todos los mensajes que nos mantienen en una relación de no-poder con y entre nosotras? Competimos y rivalizamos desde siempre por una razón simple: porque no hemos logrado entretejer armónicamente lo que pensamos, sentimos y creemos desde nuestra autoridad como mujeres. Cuando se les pregunta a las mujeres si quieren el poder, como fue el caso de un maravilloso ágape en la casa de una famosa galerista, la mayoría, salvo dos, dijeron no queremos el poder. En el debate se esclareció la diferencia entre poder y autoridad.

Lo que las mujeres claramente no queremos es ese poder que aplasta, en donde todo vale, en donde el macho, al igual que Tarzán, tiene que hacer ostentación de su poderío. Sin embargo, y cuando los hombres se tranquilizan y pueden conectarse con sus sentimientos, aluden a su vulnerabilidad, aproximándose más a un liderazgo inclusivo que puede compartir en lugar de agredir y competir. Necesitamos este liderazgo que cuida al otro y que trabaja los valores éticos, que visibiliza el poder de hombres y mujeres sin complejos y que es generoso con la capacidad, la inteligencia y el saber hacer.

Hemos de desarrollar una autoridad que nos permita observar de cerca qué nos condiciona, qué nos une y qué nos diferencia, sin necesidad de conformismos ni de vernos obligadas a ser la super woman. El debate coherente, un coaching de género que aborde en profundidad estos cambios, y sobre todo pasar de la soledad a la solidaridad nos ayudara enormemente en esa transición para acceder al poder por ser mujer, porque si bien sufrimos las consecuencias del no poder (silencio y no visibilidad) en soledad, las posibilidades del poder ser mujer en mayúsculas se construyen colectiva y solidariamente entre nosotras y nosotros. Y en esa línea de pensamiento de fortalecer y tener conciencia de aquello que influye, desde temprana edad en las identidades de género hemos diseñados dos materias trasversales que aluden al tema y hacen trabajar al estudiante desde su ingreso a la universidad.

La primera, Diversidad de Género e Igualdad de derechos, impartida por Encarnación Carmona y su Equipo en la facultad de Derecho hace ya dos años, y otra que comenzaré en septiembre en la Facultad de Económicas, para alumnos de primero y segundo curso sobre Identidad de Género e Igualdad, con tres partes. La primera, con contenidos con conceptos de Sociología del Género, una segunda sobre socialización y mandatos familiares y una tercera sobre las mujeres y el liderazgo transformador. Creo que si desde edades tempranas nos educamos y concienciamos en igualdad, no harán falta leyes posteriores que los consoliden y cada uno podrá desarrollar todo su potencial racional y emocional, tanto en el trabajo como en la vida privada. Tenemos unas buenas vacaciones por delante para pensar sobre ello.

Alicia Kaufmann – Catedrática de Sociología.

Universidad de Alcalá.

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