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Un nuevo modelo de liderazgo femenino: de la rivalidad a la sororidad

La rivalidad que se percibe en las relaciones que las mujeres entablan entre ellas, inclusive a nivel laboral,  merece un análisis desde la perspectiva de género. El mismo mandato patriarcal internalizado que somete a las mujeres a los hombres es el que ha puesto el poder en manos de éstos y ha construido culturalmente esa enemistad que tiene raíces ancestrales. Cuando las mujeres dicen que prefieren trabajar con hombres, que sólo tienen amigos varones, que no hay peor enemiga que una mujer, etc., en realidad,  ponen de manifiesto que se perciben como enemigas y rivales. Sin embargo, esa percepción se confirma en la realidad pues se comportan como tales y, lo peor aún es que esta rivalidad es aprovechada por los hombres para manipular la enemistad de género y calificarla de manera peyorativa como “ginecoterrorismo” o “cosas de polleras”, o bien, con otros términos más ofensivos e, inclusive, obscenos.

También se advierte que cuando algunas mujeres acceden al poder, a menudo se mimetizan con el medio para subsistir sin hacer peligrar su posición, convirtiéndose en artífices y/o símbolos de la permanente subordinación de la mujer a los intereses de clase, genéricos y étnicos del Estado y del modelo patriarcal.

Sólo un cambio cultural permite desactivar y deconstruir los patrones culturales patriarcales e ir más allá del concepto de solidaridad, para analizar de manera honesta el ejercicio del poder entre las propias mujeres y sin olvidar que el nuevo poder feminista no puede ocultar la rivalidad y la competencia contribuyendo a exacerbar las tensiones y la agresión entre las mujeres, tal como lo destaca Marcela Lagarde. En caso de que así se hiciera, no sería feminista.

Las mujeres debemos asumir un compromiso ético para articular esfuerzos y hacer que las relaciones entre nosotras se desarrollen según el nuevo modelo ético de la “sororidad”, el cual involucra el apoyo y el reconocimiento de las otras en relaciones de hermandad, confianza y fidelidad, inclusive respecto de aquéllas que acceden a posiciones superiores, viéndolas como hermanas en quienes poder apoyarse y contar con ellas para lograr la concreción de los propios anhelos. Construir la ética de la sororidad implica establecer la ética del desarrollo colectivo a partir del individual, pero teniendo presente que este concepto no implica la incondicionalidad de la fantasía materna, la abnegación, el altruismo o el sacrificio. Y que tampoco implica un apoyo indiscriminado a las mujeres o de una amistad a toda costa, sino que se trata más bien de emprender solidaridad, reconocimiento y valor a las acciones y pensamientos de las demás mujeres por encima de las antipatías o el disenso ideológico o político. O sea, lo que se propone es una solidaridad inteligente y crítica desde una conciencia feminista.

Por otro lado, la periodista mejicana Eleonora Rodríguez Lara pone el acento en un desafío aún mayor que debemos afrontar y es convencernos de que los hombres -y la relación con ellos- no son más importantes que nosotras. Lo cual es algo difícil de realizar si consideramos que la sociedad refuerza la idea contraria a cada paso, hasta convertirla en un axioma «natural» e incuestionable.

La alianza de las mujeres en el compromiso es tan importante como la lucha contra otros fenómenos derivados de la opresión y por crear espacios en que las otras puedan desplegar nuevas posibilidades de vida.  En definitiva, siguiendo a Marcela Lagarde, en la construcción de la sororidad importa crear un nuevo liderazgo femenino que haga que la convivencia de las mujeres permita establecer relaciones de hermandad, confianza, fidelidad, apoyo y reconocimiento, siendo concientes que, desde tiempos antiguos, muchas mujeres nos han precedido realizando un trabajo arduo para lograr relaciones sociales favorables para ellas y para nosotras.

Para favorecer estos nuevos liderazgos es necesario entonces informar a las mujeres líderes para que puedan enfrentar un evento con solvencia. Deben ser capaces de escuchar con atención, de sistematizar lo que expresan y consultan las demás y de concretar en propuestas las preocupaciones del grupo. Ser respetuosas de las opiniones de las otras, sin demostrar que son conocedoras de todo y que siempre están dispuestas a aprender de las demás. Ser hábiles para discernir y gestionar las propuestas que merecen ser consultadas, posibilitar la participación de las demás en el grupo y considerar a sus compañeras con iguales derechos a ejercitar una acción colectiva. En suma,  para que exista un poder con equidad de género, es necesario el ejercicio de la autonomía y la sororidad en las mujeres.

Para finalizar, queremos referirnos a un aspecto del tema que con su habitual agudeza, resulta esclarecido por Lagarde: coincidimos en que se debe “propiciar el desarrollo de la autoestima de género y de la estima de género a las otras; eliminar la violencia contra las otras mujeres, expresada como hostilidad, agresión, discriminación, desprecio, deslealtad y traición de género y procurar un trato digno y respetuoso a las otras mujeres; eliminar la explotación y el abuso a otras mujeres y renunciar al trabajo invisible de otras mujeres y de nosotras mismas al establecer relaciones laborales que construyan nuestra común ciudadanía”.

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