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¿Cuál es el techo de cristal para la mujer actual?

El nombramiento de la periodista Jill Abramson como directora (Executive editor) del diario The New York Times, permite reflexionar sobre la equidad de género en el ámbito laboral. Luego de 160 años de existencia del periódico Abramson será la primera mujer en acceder a este puesto; con amplia trayectoria como reportera de investigación sólo había estado al frente de la edición digital del diario durante seis meses. Este ejemplo grafica, una vez más, algunos obstáculos que las mujeres aún enfrentan al posicionar sus carreras hacia alguna jerarquía laboral.El informe bianual de UNIFEM (Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer), presentado en abril de 2009 en Río de Janeiro, afirma que –a nivel mundial- de cada 42 mujeres en los países desarrollados solo una llega a obtener un cargo jerárquico o ejecutivo, mientras que la proporción entre los hombres varía entre 1 cada 6 y 1 cada 9. Esto indica que, si bien es cierto que ha habido cambios positivos para la incorporación de las mujeres en los ámbitos laborales y públicos, estos se generan a paso muy lento. Además, la brecha salarial por género es del 17% en el sector público y aún mayor en el sector privado.

El concepto de ‘techo de cristal’ permite pensar desde el campo de la psicología estas problemáticas. Muchas de las características que lo definen son propias de las diferentes formas de lineamiento de la identidad femenina, de acuerdo a cada mujer en particular, a su infancia, su educación, a cada cultura, a cada sociedad. Otras, están directamente afectadas con las formas de interrelación existente en los espacios de trabajo constituyendo así maneras externas de determinación de ese techo.

El techo de cristal conforma todas las limitaciones de corte sexista e incluso racista que obstaculizan la obtención de los objetivos laborales deseados por alguna persona.

Mabel Burín, dra. en Psicología Clínica, realizó varios estudios respecto del deseo de poder en las mujeres y sus consecuencias laborales en torno a los parámetros fijados por el techo de cristal. Al estudiar los estados depresivos en la mujer de mediana edad y el consumo de psicofármacos (que Burín denomina ‘la tranquilidad recetada’) descubre que las mujeres, madres y esposas, con inserción en el ámbito doméstico son aquellas que al llegar a la mediana edad se deprimían y comenzaban a consumir psicofármacos recetados . Luego de estos estudios Burín comenzó a preguntarse cuál era entonces la situación de aquellas mujeres que trabajaban; si la tarea realizada a diario en un espacio público actuaba entonces como antidepresivo para las mujeres de mediana edad. Allí descubrió que no estaban protegidas porque el techo de cristal actuaba como factor depresógeno que desencadenaba un malestar. Burín afirma que estas mujeres veían que habían desarrollado sus carreras con mucho compromiso, vocación, energía, economía y, sin embargo, percibían que sus compañeros masculinos ascendían hasta ocupar los lugares más altos en la estructura laboral y ellas se quedaban ‘estancadas’, no pasaban de la línea gerencial.

Es muy interesante ver que, frente a esta situación, muchas veces las mujeres se presentan insatisfechas en sus trabajos porque carecen de reconocimiento, se sienten sobrecargadas y obligadas a aceptar contradicciones entre sus aspiraciones laborales y la cultura de trabajo que claramente se encuentra diseñada para ser ejecutada con aptitudes masculinas. De esta manera comienzan, muchas veces, a orientarse a ocupaciones menos atractivas y generalmente peor pagadas.

Las mujeres comenzaron a ser evaluadas bajo un estándar de semejanza en correspondencia con los hombres. Tanto las barreras institucionales como las actitudes sociales dificultan el ascenso de las mujeres a estos cargos.

El estereotipo que juega fuerte aquí es ‘la ambición de poder’ que está culturalmente asociada de un modo positivo a la condición masculina. Sin embargo, es importante ver que hombres y mujeres poseen ambiciones de este tipo; no son naturalmente masculinas ni femeninas. La expansión, el enriquecimiento y la prosperidad son características que nacen en cualquiera de los sexos que componen una sociedad, ni por sumatoria ni por comparación, cada cual debiera aspirar a construir sus propias perspectivas de desarrollo más allá de los lineamientos y parámetros culturales marcados para cada género. En tiempos en donde, casi paradójicamente, las mujeres están hoy al frente de gobiernos de diferentes países en todo el mundo, legitimar las diferencias y trabajar juntos en ellas es un compromiso a construir.

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