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‘Aconcagua en femenino’, sin límites de edad ni género

Fuente: Desnivel

Diez mujeres de 50 a 74 años, del club aragonés ‘Montañeras Adebán’, protagonizaron una expedición al Aconcagua para difundir el mensaje de que las montañas no conocen límites de edad ni género. Cuatro de ellas pisaron los 6960 m del techo de América, aunque todas alcanzaron «su» cumbre.

¿Cuál es el éxito de una expedición? ¿Qué es llegar a lo más alto? ¿No lo es ver un amanecer a 6400 metros abrazada a un hijo? ¿No lo es renunciar a un sueño por compromiso a una compañera? ¿No lo es ser consciente de desistir para no poner en problemas a las demás? ¿No es dejar una huella en aquellos que te conocieron? ¿No lo es servir de inspiración a otros? Sí, lo es. Lo es como un grito poderoso de empoderamiento, femenino y humano, que estas mujeres lanzaron desde el Aconcagua (6961 metros). Esta es la historia de diez mujeres, de cómo cuatro hollaron el anhelo de conquistar la cima y de cómo todas alcanzaron “su cumbre”, cada una la suya, no por ellas, por todas y por todos, por ser un ejemplo de equipo, de sororidad y de demostración que “las montañas no tienen ni edad ni género”.

Esa es la sentencia de Amelia Bella, 74 años, alma de paz de este grupazo. Con ella, Elena Elipe (56), Elena Julián (56), Carmen González Meneses (56), Ana Bravo (53), Astrid García (53), Maite Pariente (51) y Cristina Izquierdo (43), integrantes de ‘Aconcagua en femenino’, el proyecto del club aragonés Montañeras Adebán, creado y liderado por mujeres para generar un espacio de montañismo para ellas, que durante este mes de enero han peleado con la cima más alta fuera de Asia en otro pasito de sus conquistas.

Ellas han completado 21 días de expedición pura, sin lujos ni facilidades comerciales, guiadas por Marta Alejandre, primera aragonesa en encaramarse a un ‘ochomil’. Una idea que se engarza en la misión de ‘Adebán’ y que partió hace dos años de la mente de la mañica Amelia Bella. «Cuando se creó Adebán sentí que era el lugar donde siempre quise estar como montañera. Planteé lo del Aconcagua porque sé que mi tiempo se acababa y porque quería ir en una expedición en femenino, entre mujeres. Es algo distinto, nos relacionamos de otra manera y cambia la perspectiva, como el hecho de llevar una guía mujer, hace que haya unos pequeños detalles, una necesidad de apoyo, de afecto diferente», afirma Amelia.

Esa relación no ha sido casual. Se ha trabajado. Porque había madrileñas, catalanas, vascas, valencianas y aragonesas en este grupo fantástico. Llevaban seis meses de preparación planificada, de quedadas para conocerse, de excursiones por Pirineos, de hacer grupo, de hacerse amigas, de prepararse física y mentalmente, hasta que confluyeron en Barajas rumbo a Argentina el pasado 3 de enero. Quedaba un largo camino y muchas incertidumbres. No por ellas.

Situación adversa

La temporada no era buena. Solo el 30% de alpinistas habían alcanzado cima por la dura ‘meteo’. El viento permitía pocas ventanas de intento a cumbre, había provocado rescates por cansancio y edemas en la temida Canaleta e, incluso, una semana antes un montañero estadounidense había fallecido en el descenso y otro ruso, por muerte súbita, en el campo base.

La aclimatación fue progresiva. Dos semanas aprendiendo a dar pasitos cortos, a no acelerar. Partieron desde Mendoza y cruzaron todos los puntos de la ruta más habitual: Penitentes, Confluencia, Plaza de Mulas, Nido de Cóndores… Por la cara norte, por la ruta más habitual, asomándose hasta Plaza Francia para visibilizar la técnica y desplomada ladera sur y coronar el Cerro Bonete como entrenamiento en altura.

En su proceso minimizaron las comodidades externas. Sólo contrataron porteadores para los materiales más pesados, el resto lo llevaron sobre sus espaldas, aumentando la autosuficiencia con el montaje de las propias tiendas, la preparación de la mochila, de la propia comida o el deshielo para obtener agua en los campos de altura, un aprendizaje dirigido por Marta Alejandre. No hubo para ellas viajes en helicóptero ni suplementos de lujo salvo su unidad y sororidad. «Veía que a otro grupo internacional le preparaban el té y fue a pedir uno, pero me comentaron que nosotras no lo teníamos contratado», sonríe Astrid García.

Entre los más de 200 expedicionarios no había muchas mujeres, menos otro grupo entero como ellas. Eran excepcionales. Fueron adquiriendo fama y notoriedad por su singularidad y por algo más vital: por su ánimo, por sus sonrisas, por su voluntad, por su entusiasmo y por su nivel de cooperación. «Íbamos siempre juntas y llamábamos la atención por nuestros coloridos abrigos. Creo que al principio nos tomaron por turistas, pero cuando vieron cómo nos movíamos ha llegado el respeto. Teníamos otro espíritu, otra magia, enseguida fuimos muy populares», reconoce Astrid. Tanto que en la visita de los políticos locales en la celebración de cuarenta aniversario de la apertura del Parque Provincial del Aconcagua éstos fueron los que reconocieron a las “españolas” y se cercaron a saludarlas.

No, no eran turistas. Eran montañeras. En su currículum almacenaban decenas de 4.000, 5.000 y otros 6.000 escondidos en las miradas de aquellos que solo ven estereotipos caducos en mujeres maduras. «Somos mujeres trabajadoras, algunas se han tenido que coger una excedencia para venir aquí, tenemos familia, compromisos… mujeres que, quizá de jovencitas, en otro mundo, con otra sensibilidad al deporte femenino, hubiéramos sido buenas. Hasta ahora no habíamos podido hacerlo y, aunque somos ‘mayores’, no se nos habían ido las ganas. Hemos querido saldar esta cuenta con nosotras mismas», añade Astrid.

Entre las pocas mujeres que se encontraron dos se engarzaron a su corazón como la española Belén Rodríguez Doñate, en su búsqueda del récord de ascensión más rápida, y la de una montañera iraní con la que empatizaron «porque quería lanzar un mensaje por la situación social de las mujeres iraníes. Fue muy emocionante. Luego nos enteramos que no pudo hacer cima y tuvo que bajar desde La Cueva con un edema», resalta Amelia, miembro de la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (WILPF), por lo que siempre lleva hasta las cumbres la bandera de esta institución y un mensaje de paz.

Incertidumbre

Las etapas se sucedieron casi sin sustos quizá por ese amuleto que encontraron en su recorrido. «En la subida te vas cruzando con las mulas que portean el material entre los campos. Nos encontramos una herradura que recogimos como amuleto y, aunque pesaba nos la llevamos a la cima, y ha vuelto con nosotras a España», reconoce Astrid.

Solo hubo una mala noticia, un ‘crack’ que fracturó dos sueños en uno. La repentina lumbalgia de Elena Lipe frenó en seco su aclimatación pese a sus esfuerzos y cuidados y, por lo tanto, sus ilusiones y las de su compañera, también valenciana, Carmen González, amiga que en un gesto de solidaridad decidió seguir su ritmo y renunciar a la cumbre.

Y es que la fusión del grupo ha sido la verdadera victoria porque tenían clarito el mensaje que querían lanzar. «Desde el minuto uno teníamos un objetivo común que, pasase lo que pasase, era lanzar un mensaje. Es cierto que las mujeres tenemos un sentido de protección, quizá somos menos competitivas, y sabemos crear unos vínculos fuertes, somos madres. Nos hemos sentido apoyadas entre todas, con mucho cariño», reconoce Maite Pariente, acostumbrada a expediciones por todo el mundo en pareja o mixtas.

El miedo era no tener ni la posibilidad de intentarlo. El día 14, en el Plaza de Mulas, vientos huracanados de más de 120 kilómetros horas habían arrancado tiendas y visibilizado la dificultad del medio. Ellas, en su domo, un iglú que sirve de tienda, sintieron el miedo y la dificultad del reto. «Intentamos tomar el sol, hacer yoga, descansar… pero estábamos agobiadas por no poder ni intentarlo», afirma Astrid. Entre las dudas se abrió una esperanza. Marta les informó de que habría una mínima ventana de dos días, y no tres como tenían previsto, por lo que deberían restar una etapa y ascender directamente desde Nido de Cóndores (C1) y no desde Cólera (C2), es decir, 1.500 metros de desnivel final.

La expedición ‘Aconcagua en femenino’ del club aragonés ‘Montañeras Adebán’

Victoria

19 de enero. Era el día. Salieron ocho a las dos de la madrugada. Los pasos eran lentos, sigilosos. La cordura fue gestionando la renuncia de varias de ellas al saber que, de superar sus límites, complicarían el descenso de todas.

«Cuando una se retiraba nos quedábamos con los ojos arrasados. Estábamos perdiendo a nuestras compañeras y es angustioso. Por eso las que quedamos quisimos hacer cumbre por todas», reconoce Astrid.

Amelia, la más veterana, resistió hasta los 6.400, desde donde contempló un amanecer precioso junto a su hijo Miguel, que le acompañaba.

«Me sentía bien, respiraba bien, las piernas me llevaban, pero noté que mi cuerpo se resentía y no quería que nadie me ayudase a volver, quería bajar con mis propios medios. Hemos sido responsables», reconoce Amelia, que en su abandono entregó el mensaje de paz que guardaba a Maite Pariente para que lo llevase hasta arriba.

Quedaron tres, Astrid, Maite y Ana, más Marta Alejandre. Restaba el paso de la Cueva y la Canaleta. En ese momento Astrid, campeona veterana de España de esquí de montaña, sufrió los efectos de la ausencia de oxígeno. El apoyo de las otras fue el paracetamol que necesitaba para solventar sus males de altura y esos decisivos 200 metros finales. Cuenta, como anécdota, que «no iba a dejar que se llevasen la gloria los de siempre, una madrileña y una catalana. Como aragonesa también tenía que llegar», bromea esta zaragozana breada en Pirineos y Alpes: «La subida fue tremenda. Aunque era una pedrera como las que ves en el Pirineo, no se dejaba subir. Es cuando te acuerdas que no hay oxígeno, que cada paso es un proceso. Toca respirar, apoyar los bastones, levantar la pierna y descansar».

Era la una de la tarde. Once horas de tajo. En la cima llegó el abrazo final y las lágrimas. Maite Pariente, habituada a retar a alturas similares, fue la primera en alcanzar el destino.

«No podía parar de llorar. No me lo podía creer. Nunca había sentido tanta emoción en otras cimas. Después de tantas incertidumbres y con este grupo tan especial, exploté», reconoce la catalana.

Tuvo fuerzas hasta para sacar su móvil y grabar un emocionado vídeo que se ha viralizado y tomarse su foto con su simbólico beso al aire congelado que dice ‘a tope con la vida’ que deja siempre en sus mensajes en redes sociales, desde las que han sido muy seguidas en todas España y fuera de nuestro país.

Astrid llegó por detrás cumpliendo su promesa baturra.

«Cuando llegué solo podía pensar en que lo habíamos conseguido, que habíamos vencido, que tres del club estábamos sobre el Aconcagua, por todas, algo increíble, que habíamos podido contra lo imposible». Sacaron los banderines de Adebán que se habían cedido de unas a otras durante el ascenso y el mensaje de paz de Amelia, depositado en la cumbre, para posar agotadas y felices.

La expedición ‘Aconcagua en femenino’ del club aragonés ‘Montañeras Adebán’

Lo que quedó en el Aconcagua

Quedaba descender con seguridad. Fueron ligeras. En cuatro horas estaban abajo. Al llegar al campamento se encontraron la emoción de todas y un gesto que habla del sentimiento maternal de este equipo en mayúsculas.

«Cuando llegamos el resto, en vez de frustradas por no alcanzar cima, estaban súpercontentas. Nos emocionó comprobar que nos habían fundido nieve para que pudiéramos beber. Luego ya brindamos con champán», añade Maite.

Al día siguiente, las ganas de una cama y una ducha caliente aún distaban en una caminata larga de 26 kilómetros que tuvo un comienzo que subrayó de nuevo la excepcionalidad de este grupo único.

«Al irnos salieron todos los trabajadores del campo base para agradecernos y despedirse. Es algo que nos dijeron que no era habitual, que habíamos sido especiales. Nos emocionó», dice Amelia.

Los mensajes de apoyo llegaron después, las entrevistas y las crónicas, el reconocimiento, una difusión que agradecen porque ayudará a «que si con esto logramos que veinte mujeres u hombres se motiven a afrontar sus retos, lo habremos logrado. Yo he recibido estos días mensajes de mujeres de más de 50 años que me dicen que, quizá el Aconcagua no, pero quieren animarse a hacer algo así», añade Maite Pariente. Ellas, como amigas para siempre, piensan en nuevos retos, nuevas aventuras.

Ellas han dejado mucho en el Aconcagua. Todas han completado allí su cumbre, impreso su huella gigante de titanas. Han dejado un contundente mensaje de ruptura de miedos y estereotipos, de respeto por la naturaleza, de simpatía y compromiso por el otro, de ánimo y superación para todas y también para todos, una cima infinita sin “género ni edad”. Y unas palabras de paz, como ese papelito que Amelia puso con su corazón en todo lo alto con un solo nombre escrito, ese nombre de amor infinito que es esa cumbre que vale una vida.

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